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Espacio cultura del vino > rusia

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Svetlana Kalashnik Nasonova (Voronezh, Rusia, 1975) es una artista nacida en Voronezh, ciudad universitaria entre Moscú y el mar Negro. Su formación arranca desde a los cinco años, cuando ingresa en la escuela de niños pintores para luego pasar a la academia de bellas artes para adolescentes y, finalmente, a la Facultad de Bellas Artes. Esta sólida formación clásica le lleva al dominio del dibujo, del color, de las técnicas del grabado, de la cerámica, de la escultura… A partir de ellas encontrará su voz propia. Los primeros trabajos, en su Rusia natal, van orientados a la restauración de obras religiosas, lo que le permite dominar un arte, la pintura de iconos, al que vuelve de vez en cuando y que tiene poco que ver con lo que son sus creaciones personales. Aún así se rastrea su huella por el uso ocasional del oro en sus obras.
Es una artista pluridisciplinar pues aunque la pintura es lo que más le absorbe, no olvida el grabado, el dibujo, la cerámica, la restauración, la docencia del arte. En 1999 una casualidad la llevó a Málaga que la enamoró y desde entonces está completamente asentada allí, donde abrió su taller.
Su obra es tremendamente vital y colorista, más si cabe desde que vive en Andalucía. Ella define su estilo como de figurativo mágico, con rasgos oníricos y narrativa, pues cada obra cuenta una historia. Artista disciplinada, comparte con Picasso el criterio de que la inspiración debe encontrarte trabajando. Admira a Diego Rivera pero también a los pintores rusos de los siglos XIV y XV y a Pieter Brueghel el Viejo.
Expone regularmente en Madrid y Barcelona, pero su obra también ha podido verse en su Voronezh natal, en San Petersburgo, en Bélgica, Holanda, Dinamarca e Islandia y sobre todo en Andalucía. Muchas de sus exposiciones muestran exclusivamente grabados.
 

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B. Vpznesenskii

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CHAGALL, Marc

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Pintor francés de origen ruso. Nacido en una pequeña aldea rusa, sus inquietudes artísticas le llevaron a París en 1910, donde alcanzó su madurez artística.
Volvió a Rusia en 1914 y participó activamente en la renovación cultural de su país, pero sus disputas con Malevich y las exigencias revolucionarias de vincular compromiso político y obra artística le llevarían a marchar a Alemania en 1924. Su condición de judío le obligaría después a un peregrinaje por Francia y Estados Unidos, que le devolvería definitivamente a Francia al concluir la Segunda Guerra Mundial.
Su asimilación de las dos vanguardias señeras, fauvismo y cubismo, es patente en los cuadros que realizó en sus primeros años parisienses. Composiciones como El poeta (1911, Philadelphia Museum of Art) y Homenaje a Apollinaire (1912, Stedelijk van Abben Museum, Eindhoven) son plenamente cubistas, mientras otras, como El padre (1911, Colección privada, París) siguen a rajatabla las consignas fauvistas.
Desde el primer momento, sin embargo, estas influencias formales se funden con el sustrato más profundo de sus propias vivencias personales, profundamente arraigadas en su Vitebsk natal y en el hecho de pertenecer a la comunidad. Las referencias al mundo campesino en el que pasó su infancia -las casas aldeanas, la ordeñadora, la pareja de labriegos- así como el motivo vegetal en primer término, son algunas de las imágenes que con mayor constancia repitió a lo largo de toda su obra. Todas ellas tienen como referente común el mundo de su niñez y Chagall hace uso de ellas encastándolas con la arbitrariedad del ensueño y la nostalgia.
En otras ocasiones, la apariencia ilógica de sus imágenes deriva de la simple transcripción al lenguaje visual de expresiones comunes del lenguaje hablado, que Chagall retoma y visualiza como forma de revelar experiencias psíquicas. Así puede interpretarse el flotar en el aire de la pareja de amantes en cuadros como El cumpleaños (1915, MOMA, Nueva York), pintado poco después de su matrimonio con Bella, su musa durante largos años.
La idea de "perder la cabeza" se materializa en A Rusia, los asnos y los demás (1911-1912, Museo Nacional de Arte Moderno, Centro Georges Pompidou, París); donde la cabeza separada del tronco no es sino una arbitrariedad explicable, al igual que la vaca roja sobre un tejado o la ingravidez de la mujer, por el placer de crear una fábula visual donde la irrealidad no necesita justificarse.

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