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Espacio cultura del vino > dalí

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DALÍ, Salvador

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Nació en Figueres (Girona), en 1904. Se integra en el grupo de poetas y artistas conocido como la Generación del 27. La pintura de sus inicios, el Manifiesto Amarillo (1928), sus artículos y conferencias (1930), provocaron reacciones violentas. Reside en Paris desde las postrimerías de los años 20, se convirtió en figura destacada del surrealismo pictórico. Allí conoció a la mujer de Paul Eluard, Gala Helena Diakonova, con quien se casó. En 1939 se trasladó a Estados Unidos, alternando sus estancias en Portlligat, cuyo paisaje se vuelve motivo principal de su obra. Fue expulsado del movimiento surrealista acusado de fascista por André Breton. A su regreso a España en 1948, afirmó seguir la tradición espiritual de Zurbarán y los grandes místicos de la literatura castellana. Murió en Figueres, en 1989

 

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CABALLERO, José

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José Caballero fue uno de los principales miembros de la vanguardia histórica española, vinculada a la Generación del 27. Natural de Huelva, se incorpora en Madrid a los movimientos, impulsados por la Residencia de Estudiantes. Mantuvo amistad con García Lorca, Dalí, Buñuel, Picasso, Neruda y otros nombres de una época dorada de la cultura española. Calurosamente elogiado por los mejores poetas de la Generación del 27, empezando por el propio Federico García Lorca, que le incluyó en la animosa troupe de La Barraca y escribió sobre él en 1935 cálidas palabras anunciándole un venturoso porvenir, dadas, decía, "sus magníficas dotes plásticas" y su "profunda imaginación poética", y terminando por Rafael Alberti, cuya amistad prolongó hasta ahora mismo, la llegada a Madrid a comienzo de la década de los treinta desde su Huelva natal y con apenas 15 años, de José Caballero, fue como la entrada con pie derecho de un seguro triunfador.Tenía para ello todas las condiciones y talentos: increíblemente joven, atrayente, sensible, con cierto aire tímido de desamparo, pero, sobre todo, una excelente mano de dibujante, unido a eso que impactó tanto en Lorca y que era el don más preciado en el momento en que estaba triunfando la segunda gran oleada surrealista, también protagonizada por españoles: imaginación.

No es, pues, extraño que durante esos momentos políticamente convulsos e inquietantes de la II República española, pero también quizá los más felices de la creación cultural en nuestro país durante el presente siglo, José Caballero, que cambió enseguida sus estudios universitarios de ingeniería industrial por los de la pintura, se convirtiese en una de las figuras más prometedoras de la vanguardia local de nuestro país, suscitando elogios de los mejores escritores y críticos, entre los que hay que destacar, además de los antes citados, a Pablo Neruda, José Bergamín, Manuel Abril y el mismo Eugenio d'Ors.

Al revisar la iconografía de esta época agitada, casi febril, es raro no hallar la imagen de Caballero en casi todas las divertidas instantáneas del grupo que dan fe de las acciones y diversiones de los vanguardistas españoles de aquel momento, principalmente en lo que se refiere a los grupos de la Residencia de Estudiantes y al formado por los discípulos de Vázquez Díaz.

Fueron, en efecto, años fecundos y felices, que, no obstante, tuvieron el más trágico final: la guerra civil. Algunos de sus compañeros, amigos y maestros no lograron sobrevivir, como el propio García Lorca, asesinado en Granada, pero tampoco el surrealista y falangista Ponce de León, que corrió la misma suerte pero en sentido contrarío. José Caballero vivió este terrible trauma sin salir de España, ocultándose, primero, y, después en la inmediata posguerra, tratando de hacerse perdonar con sus colaboraciones ilustradas en la revista falangista de vanguardia Vértice o en el Libro de las Laureadas.

Esta acumulación de miedos y sinsabores no consiguieron, sin embargo, desalentar a José Caballero y, en estos momentos difíciles, trató asimismo de sobrevivir haciendo decorados folclóricos, algo que, dado su talento para la escenografía teatral, le salía casi sin pensar. Ya en la década de los cincuenta, cuando las iras vengativas parecieron apaciguarse, José Caballero se reincorporó con ímpetu a las huestes de la vanguardia renaciente, donde enseguida se le trató como a un maestro. Su nombre no faltó en las más honrosas convocatorias del momento, como las Bienales Hispanoamericanas o la Bienal de Venecia.

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